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Ante la imposibilidad de recrear la realidad en toda su abundancia, los escritores toman aspectos simbólicos de esta y buscan brindar la sensación de que se está ante el absoluto de la existencia. Gustavo Rodríguez emplea con buen pulso esta estrategia en su novela La semana tiene siete mujeres, pero además provee a su historia de un conjunto de elementos que le permiten despegar del realismo ramplón y sortear desenlaces previsibles. Y esto va más allá del truco de usar el color local para enganchar.